Durante las últimas décadas, los científicos se han enfrentado a desafíos cada vez más grandes al intentar desarrollar nuevos antibióticos, ya que las bacterias se han vuelto cada vez más resistentes a los medicamentos existentes.
Una estrategia que permitiría combatir tal resistencia sería derrotar las defensas bacterianas usando nanopartículas dirigidas con precisión a los sitios adecuados, lo que permitiría aplicar en ellos grandes dosis de los antibióticos existentes, dosis que no serían aceptables si se liberasen en todo el cuerpo del paciente, como se liberan hoy en día mediante los métodos tradicionales.
En lo que constituye un paso importante hacia esa meta de atacar a las bacterias de forma selectiva con dosis tan altas de antibióticos que superen su capacidad de resistencia a los mismos, un equipo de investigadores del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y el BWH (Brigham and Women's Hospital) ha desarrollado una nanopartícula que está diseñada para evadir al sistema inmunitario y dirigirse a los puntos específicos de la infección para entonces desatar un ataque selectivo con el antibiótico.
El ataque mediante esta especie de "misiles" bioquímicos mitigaría los efectos colaterales de algunos antibióticos y protegería a las bacterias beneficiosas que normalmente viven dentro de nuestros cuerpos
El equipo de Aleks Radovic-Moreno, Robert Langer, Omid Farokzhad, Timothy Lu, Vlad Puscasu y Christopher Yoon dotó a las nuevas nanopartículas con un sistema sencillo pero eficiente de detección química, que activa el "armamento" de la nanopartícula sólo cuando ha llegado a un sitio infectado.
La nanopartícula se adhiere a la bacteria, y entonces empieza a liberar su cargamento de medicamento que está alojado en el centro de la partícula.
En este estudio, los investigadores diseñaron las partículas para liberar la vancomicina, un antibiótico usado para tratar infecciones resistentes a otros medicamentos, pero las partículas pueden ser modificadas a conveniencia para hacer que liberen otros antibióticos o combinaciones de fármacos.
Alberto de la Muela
domingo, 3 de junio de 2012
¿Están sobrevalorados los beneficios de las transfusiones de sangre?
En los últimos tiempos, hay un debate creciente sobre el alcance que deben tener las transfusiones de sangre, y sobre si hay casos en los que pese a ser habitual hacer transfusiones, éstas no aportan un beneficio neto al paciente o incluso lo colocan bajo riesgos innecesarios.
"La transfusión no es tan segura como la gente piensa", advierte elocuentemente el Dr. Steven M. Frank, profesor de anestesiología y medicina intensiva en la Escuela de Medicina de la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore, Maryland, Estados Unidos. Él y sus colaboradores han realizado un estudio polémico cuyos resultados aparecen publicados en la revista académica Anesthesiology.
Entre los resultados, destaca la confirmación de que en Estados Unidos, y previsiblemente en otros países, todavía varía mucho el uso de las transfusiones y a menudo se transfunde sangre a pacientes que no la necesitan.
Este uso excesivo de sangre es problemático, porque la sangre es un recurso escaso, y también, según argumenta el equipo del Dr. Frank, porque estudios recientes han mostrado que los pacientes de una cirugía no se benefician, y pueden incluso resultar perjudicados, por transfusiones hechas prematura o innecesariamente.
"En los últimos cinco años, diversos estudios han apoyado que se transfunda menos sangre de la que solíamos suministrar, y nuestra investigación muestra que el personal médico es reticente a adoptar estos nuevos criterios", advierte el Dr. Frank.
En Estados Unidos, las directrices generales de tres sociedades médicas distintas establecen cuándo un paciente de una cirugía debe recibir una transfusión, pero tales directrices tienden a ser vagas, según el Dr. Frank. En un adulto sano, el nivel normal de hemoglobina (la cantidad de glóbulos rojos que transportan oxígeno por el cuerpo) es de aproximadamente 14 gramos por decilitro. Las directrices establecen que cuando el nivel de hemoglobina del paciente cae por debajo de 6 ó 7 gramos por decilitro, al paciente le resultará beneficioso recibir una transfusión de sangre, y que si los niveles están por encima de 10, el paciente no la necesita. Pero ha habido poco consenso acerca de qué hacer cuando los niveles están entre estos dos valores.
Según el Dr. Frank, los estudios recientes sugieren que los médicos pueden esperar sin problema hasta que los niveles de hemoglobina caigan a 7 u 8 antes de realizar una transfusión, incluso en algunos de los pacientes más enfermos.
Por supuesto, en los casos de grandes hemorragias, como por ejemplo por accidentes, es obvio que hay que actuar rápido y que el paciente va a necesitar sangre. Pero en otros casos, según los criterios esgrimidos en el nuevo estudio, el personal médico debería ser un poco menos pródigo con las transfusiones.
Alberto de la Muela
"La transfusión no es tan segura como la gente piensa", advierte elocuentemente el Dr. Steven M. Frank, profesor de anestesiología y medicina intensiva en la Escuela de Medicina de la Universidad Johns Hopkins, en Baltimore, Maryland, Estados Unidos. Él y sus colaboradores han realizado un estudio polémico cuyos resultados aparecen publicados en la revista académica Anesthesiology.
Entre los resultados, destaca la confirmación de que en Estados Unidos, y previsiblemente en otros países, todavía varía mucho el uso de las transfusiones y a menudo se transfunde sangre a pacientes que no la necesitan.
Este uso excesivo de sangre es problemático, porque la sangre es un recurso escaso, y también, según argumenta el equipo del Dr. Frank, porque estudios recientes han mostrado que los pacientes de una cirugía no se benefician, y pueden incluso resultar perjudicados, por transfusiones hechas prematura o innecesariamente.
"En los últimos cinco años, diversos estudios han apoyado que se transfunda menos sangre de la que solíamos suministrar, y nuestra investigación muestra que el personal médico es reticente a adoptar estos nuevos criterios", advierte el Dr. Frank.
En Estados Unidos, las directrices generales de tres sociedades médicas distintas establecen cuándo un paciente de una cirugía debe recibir una transfusión, pero tales directrices tienden a ser vagas, según el Dr. Frank. En un adulto sano, el nivel normal de hemoglobina (la cantidad de glóbulos rojos que transportan oxígeno por el cuerpo) es de aproximadamente 14 gramos por decilitro. Las directrices establecen que cuando el nivel de hemoglobina del paciente cae por debajo de 6 ó 7 gramos por decilitro, al paciente le resultará beneficioso recibir una transfusión de sangre, y que si los niveles están por encima de 10, el paciente no la necesita. Pero ha habido poco consenso acerca de qué hacer cuando los niveles están entre estos dos valores.
Según el Dr. Frank, los estudios recientes sugieren que los médicos pueden esperar sin problema hasta que los niveles de hemoglobina caigan a 7 u 8 antes de realizar una transfusión, incluso en algunos de los pacientes más enfermos.
Por supuesto, en los casos de grandes hemorragias, como por ejemplo por accidentes, es obvio que hay que actuar rápido y que el paciente va a necesitar sangre. Pero en otros casos, según los criterios esgrimidos en el nuevo estudio, el personal médico debería ser un poco menos pródigo con las transfusiones.
Alberto de la Muela
El estudio puede conllevar a la Alostasis
Alostasis se puede definir como un mecanismo de protección que moviliza al S.N.C, el Sistema endócrino y el Sistema Inmune preparándolo para afrontar el estrés de una determinada situación (interna o externa). Sin embargo, cuando la alostasis es ineficaz, inadecuada o el agente que la provoca se prolonga por mucho tiempo, evitando así que el individuo logre una correcta adaptación, es donde se produce la llamada carga alostática.
La carga alostática no es otra cosa que una continua respuesta de estrés des-regulada. Este desgaste o agotamiento se produce por una hiperactividad del sistema de alostasis, que a largo plazo puede causar patologías tanto orgánicas como psiquicas.
Kaoutar Ziani Akrirout
1º A
Reconocemos la edad de una persona por su olor corporal
Neurocientíficos del Centro Monell (EE UU) han descubierto que los seres humanos podemos identificar qué edad tiene una persona basándonos únicamente en su olor corporal.
“Como muchos otros animales, a partir del olor corporal somos capaces de conocer la edad biológica de un sujeto, elegir a una pareja apropiada, evitar a personas enfermas y distinguir a nuestros parientes”, explica Johan Lundström, coautor del trabajo, que publica la revista PLoS One. Y lo más interesante es que esta "información social" transmitida a través del olor corporal cambia a medida que envejecemos.
En una serie de experimentos, Lundström y sus colegas demostraron que las personas son capaces de distinguir olores corporales de personas ancianas (75-95 años), adultas (45-55) y jóvenes (20-30). Y que, además, los olores que nos resultan más suaves y agradables son precisamente los de las personas de mayor edad, mientras que son los jóvenes los que emiten un olor personal "más intenso", a veces calificado como "sudoroso" o "almizclado". Cuando los neurocientíficos compararon las respuestas a los diferentes olores por géneros observaron que los olores de jóvenes y adultos varones eran calificados como más desagradables que los de mujeres de la misma edad. Por el contrario, en edades avanzadas los olores masculinos resultaban más agradables que los femeninos.
Los científicos teorizan que, a nivel biológico, es importante esta diferenciación porque los machos más viejos resultarían "deseables" debido a que sus genes pueden aportar mayor longevidad a la descendencia. Sin embargo, las hembras ancianas deben ser "evitadas" porque sus sistemas reproductivos son más frágiles que los de las jóvenes.
Los investigadores esperan ahora identificar los biomarcadores que nuestro organismo utiliza para identificar la edad a partir del olor, así como determinar los mecanismos cerebrales que permiten reconocer y valorar esta información olfativa.
Mónica Chacón Parra
“Como muchos otros animales, a partir del olor corporal somos capaces de conocer la edad biológica de un sujeto, elegir a una pareja apropiada, evitar a personas enfermas y distinguir a nuestros parientes”, explica Johan Lundström, coautor del trabajo, que publica la revista PLoS One. Y lo más interesante es que esta "información social" transmitida a través del olor corporal cambia a medida que envejecemos.
En una serie de experimentos, Lundström y sus colegas demostraron que las personas son capaces de distinguir olores corporales de personas ancianas (75-95 años), adultas (45-55) y jóvenes (20-30). Y que, además, los olores que nos resultan más suaves y agradables son precisamente los de las personas de mayor edad, mientras que son los jóvenes los que emiten un olor personal "más intenso", a veces calificado como "sudoroso" o "almizclado". Cuando los neurocientíficos compararon las respuestas a los diferentes olores por géneros observaron que los olores de jóvenes y adultos varones eran calificados como más desagradables que los de mujeres de la misma edad. Por el contrario, en edades avanzadas los olores masculinos resultaban más agradables que los femeninos.
Los científicos teorizan que, a nivel biológico, es importante esta diferenciación porque los machos más viejos resultarían "deseables" debido a que sus genes pueden aportar mayor longevidad a la descendencia. Sin embargo, las hembras ancianas deben ser "evitadas" porque sus sistemas reproductivos son más frágiles que los de las jóvenes.
Los investigadores esperan ahora identificar los biomarcadores que nuestro organismo utiliza para identificar la edad a partir del olor, así como determinar los mecanismos cerebrales que permiten reconocer y valorar esta información olfativa.
Mónica Chacón Parra
Un interruptor de la epilepsia
Los
médicos utilizan desde hace décadas una dieta baja en azúcares y rica en grasas
para controlar la epilepsia en pacientes que no responden a la medicación,
especialmente en niños. Esta alternativa ha demostrado su utilidad y ahora un
grupo de investigadores de EEUU ha dado con el interruptor molecular que imita
los efectos de esta dieta y que abre la puerta a nuevos tratamientos para ese
trastorno.
El
principal “alimento” de las neuronas es el azúcar, pero, en situaciones de
ayuno, las células nerviosas son capaces de utilizar otros combustibles como
los cuerpos cetónicos, que son resultado del metabolismo de los ácidos grasos.
Este cambio de fuente energética afecta a su excitabilidad: es más alta con la
gluacosa y menor con los derivados de las grasas. De ahí que la dieta cetogénica reduzca las crisis
epilépticas, pero los mecanismos que median este efecto son una incógnita.
“La
conexión entre el metabolismo y la epilepsia ha sido todo un puzle”, señala
Gary Yellen, catedrático de Neurobiología en la Facultad de Medicina de Harvard
(EEUU). “Sabíamos que teníamos que llegar a este vínculo desde un ángulo nuevo”,
añade Nika Danial, profesora de Biología Celular en el Dana Farber Cancer
Institute. Ambos han formado parte de este estudio que se publica en la revista
“Neuron”.
Así que
centraron su atención en una proteína llamada BAD. “Desde hace tiempo se
conocía su implicación en la muerte celular Nika Danial, mi jefa descubrió que
también funciona como interruptor del uso de glucosa en varios tipos celulares”,
explica Alfredo Giménez-Cassina, coator del trabajo e investigador postdoc en
el Dana Faber. “Queríamos saber si también tenía esa función en el cerebro”.
En una
serie de experimentos con ratones –modificados genéticamente para que sus
neuronas no tuvieran BAD o presentaran una versión de la proteína que solo
conservaba su papel en la muerte
celular- comprobaron que en las neuronas también funciona como interruptor para
cambiar el “alimento”.
En
ausencia de BAD o de su función metabólica las neuronas cambian su sustrato
metabólico de la glucosa a los cuerpos cetónicos.
Al
tener neuronas que se nutrían de cuerpos cetónicos, que reducen la
excitabilidad de estas células, “estos ratones eran bastante resistentes a la
epilepsia”, subraya Giménez-Cassina. Es decir, modificando esta proteína, se
consigue el mismo efecto que con una dieta baja en azúcares y rica en grasas
pero “evitando los efectos colaterales que tiene una alimentación así, que son
bastante malos”, señala el investigador español.
Aunque
se trata de una trabajo muy preliminar, “es una nueva vía que a través de su
manipulación podría evitar los efectos de la dieta cetogénica. El siguiente
paso a nivel molecular es averiguar cómo se produce exactamente este cambio de
sustrato. En líneas más generales, estamos nuevos modelos animales que sean más
relevantes”, continúa Giménez-Cassina. “A más largo plazo, habría que intentar
ver si se puede manipular con fármacos”.
Verónica Nieto
Ratas que caminan después de una lesión medular
Esta es
una noticia muy importante, resulta que un grupo de investigadores suizos han
conseguido que varias ratas con dos hemisecciones en la médula espinal tengan
una locomoción voluntaria, suban escaleras esquiven obstáculos, y todo ello
gracias a un protocolo basado en la estimulación electroquímica y
entrenamiento.
Este
estudio está lejos de aplicarse en humanos, pero abre una nueva vía para
mejorar la recuperación de algunos pacientes.
Verónica Nieto
¿qué significa ser zurdo?
Ser zurdo es la consecuencia de un proceso de evolución del sistema nervioso, un proceso necesario para elevar el grado de complejidad funcional del instrumento que utilizamos para desarrollarnos: NUESTRO CEREBRO.
La lateralidad en términos generales puede definirse como el conjunto de predominancias particulares de una u otra de las diferentes partes simétricas del cuerpo. A ciencia cierta aún no se determina exactamente porqué una persona es diestro o zurdo,y existen variadas teorías.
El ser una persona diestra o zurda dependería de dos factores : la herencia y el adiestramiento o experiencia que cada niño tiene durante su maduración cerebral. En ningún caso la zurdera debe considerarse un defecto o una manía que hay que corregir. Es importante una adecuada lateralización, previo para el aprendizaje y desarrollo de la escritura y la completa madurez del lenguaje.
Una teoría recién divulgada por el genetista del Instituto Nacional del Cáncer de Estados Unidos, Amar Klar, en "La Tercera", plantea la hipótesis de que la mayoría de las personas tiene un gen dominante que los hace ser diestros. En tanto, a un 20 % de las personas les falta este gen, por lo que tienen una posibilidad al azar de ser diestro o zurdo (50 y 50 por ciento). Para Klar la presencia o ausencia de este gen corresponde a una condición genética convencional, como la que determina el color de los ojos o la calvicie. Con la intención de aislar este segmento de ADN, el especialista planea realizar un estudio que tomará un plazo de tres años. Dentro de éste, Klar tomará muestras de sangre o de células de la boca a los integrantes de un centenar de familias que tengan al menos uno de los padres diestro y dos hijos zurdos. En estas condiciones buscará marcadores en su ADN para ver con qué frecuencia estos niños en particular heredan el "gen de la lateralidad". Según el doctor Förster, “un niño menor de un año aún no ha conseguido definir su lateralización, es ambidiestro, es decir, desarrolla con ambas manos la misma habilidad, no teniendo una preferencia de mano definida, y en muchas tareas motoras utiliza ambas manos con la misma eficiencia”.
Es entre los 2 y 4 años cuando se establece la preferencia definitiva de una mano sobre otra. Si el niño de más de 4 años aún se muestra ambidiestro, es recomendable consultar al pediatra para evaluar la posibilidad de que tenga problemas en su maduración motriz.
Sólo alrededor de los 6 años, al inicio de la enseñanza básica, se tiene certeza respecto si el niño es diestro o zurdo, porque debe optar por una mano dominante para la escritura. Puede darse también lo que se denomina ‘lateralización cruzada’, cuando por ejemplo se es diestro de mano y zurdo de ojo, o viceversa. Sin embargo, la especialización de los hemisferios cerebrales es una función que va madurando y emergiendo a medida que ocurren los cambios estructurales del sistema nervioso propios del desarrollo infantil, y la especialización de un hemisferio cerebral en tareas de control motor fino de la mano y en habilidades de lenguaje, llevará a mayores logros funcionales.
Según el doctor Francisco Rothhammer, director del Programa de Genética Humana de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile "se trata de una hipótesis ingeniosa, porque logra explicar el gran misterio que plantean los mellizos univitelinos, que aún teniendo genes idénticos,en un 18 por ciento de los casos uno es diestro y el otro zurdo".
Otros psicólogos creen que la lateralidad tiene que ver con aprendizajes de los niños de sus padres, influencia en el colegio o modelaje de sus allegados, como hermanos o la nana. En todo caso, la mayoría de los investigadores toma distancia de estas posturas extremas representadas por el doctor Klar y quienes piensan que todo es aprendido postulan que la lateralidad de la persona está influida tanto por factores genéticos como ambientales.
ALICIA SERRANO
Suscribirse a:
Entradas (Atom)